“El espejo no me asusta,
las canas no me pesan,
la talla no me define,
y el cansancio no me para.
Es lo que cuesta todo,
recuperarse tras un esfuerzo,
salir de una enfermedad,
o que me cure de una caída.
Y lo que me repercute todo,
ya no me siento tan ágil,
mi mente ya posterga el presente,
y las dolencias que no matan
van en aumento o frecuencia,
aunque nada de esto aparente.
Me despierto de madrugada,
porque me dormí cuando el sol,
rozando el límite de lo enfermizo
en cuanto mi hora pasa
o cuando la incertidumbre se impone
subiendo mi cortisol
y entonces la luna me insulta.
Cosas de maduros y durezas
que se juntan en un vulgar tipo
cuya única función es vivir
creyendo en ese del espejo
al que observa acariciando canas
recordándose joven y apuesto
o al menos mucho más vital
y se sonríe rememorando.”