Imagen generada con la IA Gemini
Cuando una persona se emociona por algo decimos que siente algo, que ha sentido con cierta intensidad la realidad que está viviendo.
Lo que se siente, siempre es una reacción a la realidad presente, porque necesitamos reaccionar constantemente para procurar estar bien, o lo mejor posible, en el presente.
En el presente, en cualquier presente, las situaciones, cuando son nuevas nos dejan expectantes y fluimos con ellas al no existir alertas que nos aconsejen no avanzar, lo cual nos va a lleva a un proceso de evaluación según la repercusión que finalmente obtengamos, entonces todos estos elementos que forman parte de la realidad se memorizan y lo que hemos sentido también, pero ambas en sitios distintos, las primeras en el hipotálamo y la segunda en la amígdala. Así funciona nuestro cerebro.
Ante un nuevo presente, ya tenemos algún bagaje existencial y si los elementos que aparecen, uno o varios, suscitan a la memoria de las emociones, la hipotalámica, ésta desencadena la emoción recordada y la trae al presente e incita a una reacción según la emoción recordada. Quiere esto decir que lo que sentimos siempre es un recuerdo almacenado. Esta es nuestra predisposición inmediata. Así funcionamos.
Cuando esta reacción es emocionalmente paralizante, desagradable, inquietante o perturbadora, hay que recordar que nuestro ser está echando mano del recuerdo porque así fue su pasado, al igual que si es alegre. La cuestión es que lo que sentimos ya lo hemos aprendido antes pues de lo contrario fluiremos con la realidad mientras nada nos aconseje parar.
Ante esto, cabría comprender que la persona del ahora no es la misma que aquella que almacenó esa emoción en el pasado y lo que está sucediendo es que está siendo advertida, por su sistema de alerta vital, por esa agresión probable que puede estar al caer.
La persona del ahora, al dejarse llevar por aquello, ha de comprender si es esto lo que quiere o no, y ha de ser de una manera consciente porque ha de darle sentido actual a sus vivencias presentes, de lo contrario vive una incomprensión vital muy desagradable que le paraliza su avance deseado ya que no existe lógica presente que justifique realmente esta situación.
Así pues, una manera de proceder ante estas situaciones que no se quieran vivir por inconexas o porque no se entiendan, es darle la lógica que tiene en la actualidad.
Esto se puede conseguir acudiendo a un profesional para que ayude en este camino de comprensión, seguro que es el mejor de los caminos.
Aunque quizá también podemos llevar a cabo un ejercicio íntimo y personal que nos ayudará en este camino.
Consiste en desdoblarnos mentalmente y vernos como la persona actual y como la persona que lo sintió en el pasado. Ha de preguntarle el yo actual qué edad tenía, qué le sucedió, que le cuente todo lo que cree que es importante. De esta manera la persona actual acoge y se esfuerza por comprender los motivos y razones que le condujeron a esa respuesta.
Así mismo, el yo pasado puede preguntarle al yo presente por cómo ha llegado a ser quien es y en estos diálogos, ambas se ayuden a comprender y superar lo que les produce esta inquietud que el yo presente está sintiendo porque se lo transmite el yo del pasado.
Una vez que el yo presente comprenda este proceso, tiene que decirle a su yo pasado que valora y acepta lo que le está transmitiendo, que agradece todo su pasado porque forma parte del presente de manera ineludible, pero que ya no es la misma persona y es hora de avanzar aportando confianza en el presente, porque al igual que se estudia para superar las deficiencias formativas y estar mejor preparados para el mañana, el yo presente está más preparado para afrontar los mañanas, pero necesita poner en su sitio esta situación.
Cuando el yo del pasado vea que el yo del presente es capaz de avanzar con los recursos que lleva acumulados desde entonces, con alegrías y tristezas, se producirá una comunión y catarsis temporal en la que se unirán, y ambas avanzarán juntas en todos los presentes que aún les queda por vivir.